Desde que se conocieron sus
primeras obras, se supo que Enriquillo Rodríguez Amiama tomaba la
pintura muy en serio y que se debía prestar atención a ese joven
todavía estudiante de la Escuela Nacional de Bellas Artes. No era
de los que imitan a los maestros,tampoco de los insurrectos... Sin
embargo, cuando surgieron en sus telas y sus papeles los mangos,el
interés creció. Tanto el tratamiento aterciopelado de las frutas
como su meditada colocación en un entorno familiar ejercían su
seducción... Obviamente no eran bodegones tradicionales y, al mismo
tiempo, los sentíamos infinitamente criollos y cercanos.
Años después, Enriquillo Rodríguez Amiama,
o más bien Enriquillo, su nombre de artista y de amigo, sigue
pintando mangos, pero no nos hemos cansado. No tenemos la impresión
de que se repite. Sería una especie de signo-símbolo identificador,
con un mundo circundante que multiplica su definición y su
vitalidad. Lejos de haberse inmovilizado en una linda ofrenda
pictórica destinada a los consumidores de perenne clasicismo, ha
renovado el género y lo ha situado en un plano de post-modernidad.
En primer lugar, él no se limita a
representar un objeto, a fijar su apariencia externa, tal como vemos
el mango en el mercado, la pulpería o nuestra mesa, o más aun
pendiendo del árbol. El crea y construye una escenografía a su
alrededor, lo dispone amorosamente sobre paños y manteles (y
sábanas) suaves, le rodea con varios paisajes. Esos componentes
configuran una atmósfera, pasamos de la superficie de las cosas a
una visión interior del artista, a una metamorfósis animada de los
elementos.
!En qué consiste esa facultad de
transmutación? ?Cómo la consigue Enriquillo? Los planos se van
diferenciando sigilosamente, los contornos se distinguen de los
volúmenes, la luz parece penetrar en el lienzo, modelar y modular
las frutas, sus lechos, sus espacios. La vida, palpitante ene estas
"naturalezas-vivas", culmina en vivencia autobiográfica
directa, cuando reconocemos un ambiente de taller con bastidores y
caballetes. La calidad vital y afectiva, omnipresente en la obra del
artista, no impide que la imagen comunique paz, estabilidad, solidez.
Se trata de otro valor autobiográfico,sicológico entonces.
La obra de Enriquillo, sobre todo la
actual mucho más madura, evoca lo que anhelaba Henri Matisse de la
pintura. Una hermosa profesión de fe: "Lo que yo sueño, es un
arte de equilibrio, de pureza, de tranquilidad, sin tema inquietante
ni preocupante, que sea, para todo trabajador cerebral, para el
hombre de negocios tanto como para el artista de las letras, por
ejemplo, un tranquilizante, un calmante cerebral, algo análogo a un
buen sillón que lo descanse de sus fatigas físicas". Así,
contemplando varios de los cuadros, expuestos en el Voluntariado, el
espectador se deja llevar perceptiva y espiritualmente, olvidando el
tiempo de una larga mirada, los problemas personales y
colectivos.
Si las pinturas de Enriquillo Rodríguez
Amiama infunden esa tranquilidad, es porque hay una combinación
perfectamente equilibrada de los signos, en su distribución, en su
agrupación, en su despliegue. Impera la organización estructural,
luego triunfan iguales proporciones en las formas,-tamaños,
líneas,distancias_que en los colores-gamas,tonalidades,acordes-. Un
factor fundamental para esa expresión e impresión placentera (...
no complaciente) es la luz, sorda, brillante,difusa, irradiante,
penetrante. Mencionamos la luz una y otra vez.
Espontáneamente, dejamos de referirnos a
objetos, a una realidad identificable, para abordar las soluciones
puramente plásticas, independientemente de lo que representan.
Lógicamente, el modelo, real o imaginario, cede ante el signo,
ante lo intrínsecamente plástico. Además Enriquillo
evoluciona, en un mismo cuadro, del lenguaje figurativo a una
expresión abstracta, las integra óptimamente, obteniendo en
nuestro criterio con esa simbiosis y contiguidad, tal vez sus
mejores resultados estéticos. Los brochazos controlados pero
gestuales, vehementes pero tiernos, escriben una poética de la
pintura, poseyendo fuerza y expresividad propia. Alcanzan una
segunda función: exaltar la presencia de los elementos
figurativos. Por supuesto, esporádicamente, la inspiración ha
gestado una figuración o una abstracción integral, las acogemos...y
retornamos inconteniblemente a la conjugación de ambas.
!Por más objetiva que sea, la crítica no
puede evitar la subjetividad! Enriquillo centra su exposición -como
otras anteriores- sobre el mango, protagonista único o aparejado,
sustancioso en sí mismo y también enriquecido por la atmósfera
que lo rodea.
El artista pinta además paisajes y seres
humanos, de factura precisa y refinada. No los descartamos, pero en
la actualidad, para nosotros, la suprema fruta del trópico inspira
aquí una "sabrosura" metafórica a la pintura, que
apreciamos especialmente.
De la imagen de las frutas a los frutos de la
imaginación, Enriquillo Rodríguez Amiama va siguiendo su
itinerario artístico, acompañado de los ritmos de la vida, de sus
convicciones de hombre de oficio, de emoción y de fe.